«Un vídeo o una foto sexual enviados a la pareja, un contacto no buscado en una red social o un cliente insatisfecho en internet pueden desencadenar una tormenta que cause daños devastadores en la vida de una persona o en la trayectoria de una empresa. Más aún si la víctima es un niño o un adolescente. La capacidad de difusión en las redes sociales aviva el daño e impide que el borrado de los contenidos, que puede llegar hasta un año más tarde, sea efectivo y suponga realmente el final de la pesadilla para la víctima.»

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